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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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CASA PUBLICADORA BRASILEIRA 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 



Lección 5 

(26 de Abril al 3 de Mayo de 2008) 

La maravilla de sus obras 



Dr. Rodrigo P. Silva 
Bosquejo de la lección 

1. Los milagros de Jesús 

2. Lo distintivo de sus milagros. 

3. El motivo de sus milagros. 

Introducción 

Jesús fue un extraordinario predicador que poseía poder en sus palabras. Su poder no 
sólo era evidenciado en los argumentos que esgrimía, sino también en las actitudes 
que tomaba y en las obras que realizaba. Eran hechos poderosos y admirables. 

Una prueba indirecta de los milagros de Jesús puede ser hallada en esta cita de Flavio 
Josefo, escrito en el siglo I d.C. Josefo, dicho sea de paso, no fue cristiano ni tuvo 
tampoco ninguna simpatía por este grupo. Fue un historiador judío que adquirió la ciu- 
dadanía romana y escribió antiguos tratados relatando la historia del pueblo hebreo. 
Fue, incluso, testigo ocular del sitio de Jerusalén en el año 70 d.C. Notemos lo que es- 
cribió: 

"Por ese tiempo apareció Jesús, un hombre sabio [...], pues obraba hechos extraordinarios y era 
maestro de hombres que aceptaban alegremente cosas extrañas. Arrastró detrás de sí a muchos 
judíos y griegos. Era considerado el Mesías. Aunque Pilato, debido a las acusaciones de nues- 
tros jefes, lo condenó a morir en la cruz, aquellos que lo habían amado desde el comienzo no 
cesaron de proclamar que, pasado el tercer día. Él se les apareció vivo nuevamente. Los profe- 
tas de Dios tenían respeto por Él. Además, hasta el presente, la estirpe de los cristianos, asi lla- 
mados en referencia a Él, no cesó de existir" [Antigüedades judaicas , XVIII, 3, 3]. 

Este texto es tan extraordinario que, a partir del siglo XVI, muchos autores comenzaron 
a poner en duda su autenticidad. Hasta hoy, algunos eruditos de los más escépticos 
intentan argumentar que esta parte del texto sería una interpolación de copistas cris- 
tianos de la Edad Media que vivieron enclaustrados en monasterios copiando manus- 
critos y alterándolos ex profeso para su propia conveniencia. No obstante, esta acusa- 
ción con respecto al texto de Josefo carece de pruebas que la sustenten, pues todas 
las versiones más antiguas de la obra hasta hoy (incluso una traducción en árabe 
hecha por Agapio en el siglo X) lo contienen, con apenas algunas variaciones textuales 
menores. Lo mismo se puede decir de los manuscritos griegos que han sobrevivido. 
Ninguna copia, ni siquiera las más antiguas, omite este párrafo. 



Sea como fuere, es curioso que el texto mencione a Jesús como el "obrador de hechos 
extraordinarios" (el texto árabe dice "hombre virtuoso"). Ahora, aquí Josefo no está di- 
ciendo que cree en Jesús o en la realidad de sus hechos, pero admite que existieron, 
que Él realizó cosas espectaculares. Esto puede ser un buen indicio histórico, aunque 
indirecto, de que Jesús obraba milagros y hechos fuera de lo común. 

Los milagros de Jesús 

La lección menciona varias cosas extraordinarias hechas por Jesús, especialmente en 
el Evangelio de Mateo (hay pocas referencias en IVIarcos y Lucas). Convendría que en 
el grupo se analizara que es lo que cada una de esas referencias a milagros nos reve- 
la acerca del carácter y la persona de Jesucristo. Aquí hay algunas sugerencias: 

• El sanamiento del leproso (IVIateo 8:1-4). Jesús no hizo acepción de personas. 
El leproso era rechazado y evitado dondequiera que fuese. Difícilmente podría en- 
trar en una ciudad o participar de una comida en comunidad. Era aislado de todo y 
de todos. El Enviado del Cielo no era elitista, todos los que lo quisieran podrían 
ser candidatos potenciales para su reino, no importa la condición social en la que 
se encuentren. 

• El control sobre la tempestad (IVIateo 18:23-27). Jesús estaba siempre activo, 
aún cuando estuviera durmiendo. Este episodio nos dice que lo que importaba no 
era que el Maestro estuviera durmiendo. Lo importante es que Él estaba en el bar- 
co. En nuestra vida, no importa si Dios está -aparentemente- respondiendo o no. 
Lo que importa es que Él escucha y aunque permanece en silencio. Él está velan- 
do por nosotros. Aceptar los silencios de Dios como respuesta es un avance en la 
fe que todos debemos lograr. Para tener cuidado de nosotros. Él no necesita 
hablar nada. Si Cristo está en el barco, la tempestad no podrá sumergirnos. 

• La liberación del endemoniado (Mateo 18:28-33). Jesús es soberano. Los de- 
monios lo reconocen y huyen de Él. Lo más curioso es que los porquerizos tam- 
bién huyeron. Quien está en deuda no soporta la presencia de Dios. Únicamente 
quien acepta el sacrificio que ha sido pagado por el Salvador está lo suficiente- 
mente exento de culpa como para estar en la presencia de Dios. 

• El sanamiento del paralítico y la mujer con hemorragia. Jesús, nuevamente, 
no hizo acepción de personas. Como en el caso del leproso, estos inválidos (el pa- 
ralítico y la mujer) no tenían una vida social debido a su enfermedad. En el caso 
específico del paralítico, quien suplicó por la cura fue un centurión romano, un pa- 
gano en quien Jesús percibió sinceridad. En el caso de la mujer con flujo de san- 
gre, se trataba de una rechazada por la sociedad, alguien que tal vez no tuviera 
marido y, debido al flujo continuo de sangre, estaba ceremonialmente impedida de 
tocar algún hombre santo. Finalmente tenemos el pedido de Jairo, el jefe de la si- 
nagoga, evidenciando así las diferentes clases a las que Jesús atendió. 



Lo distintivo de sus milagros 

Había muchos curanderos en el tiempo de Jesús. Algunos incluso hacían cosas reales, 
pero la mayoría era charlatanería, sin contar aquellos que curaban con el poder de los 



demonios engañadores, tal como vemos aún hoy. Sólo para tener una noción de los 
oficios relacionados con la sanidad que había en los días de Cristo, tenemos -por 
ejemplo- a los taumaturgos, o theoi andres (literalmente "hombres divinos") que per- 
manecían en las dependencias del templo de Esculapio para allí realizar sus sanacio- 
nes. A cambio de una buena cantidad de dinero, estos hombres pasaban la noche en 
el templo con un enfermo a fin de librarlo de su mal. Ellos creían que una noche en el 
templo de Esculapio (llamada incubatio), sanará al enfermo de su dolencia. 

Estaban también los magos, que cumplían el rol de exorcistas, y los adivinos, que ga- 
naban dinero previendo -supuestamente- las cosas que habrían de suceder. Y no po- 
demos olvidar a los predicadores apocalípticos, que vivían de ciudad en ciudad, de 
plaza en plaza, predicando de manera enigmática el fin del mundo. 

¿Cómo separar a Jesús de todos esos sanadores, exorcistas y apocalípticos? La pri- 
mera diferencia estaba en el hecho de que el ejercicio sanador de Jesús no era una ta- 
rea remunerada, sino un acto de misericordia y compasión. Lo común era que los cu- 
randeros aliviaran el dolor sólo de los que podían pagar. O sea que el tener dinero era 
el criterio para ser sanado. Para Jesús, el criterio básico era el tener fe, independien- 
temente si era un leproso rico (como posiblemente Simón lo era), o un ciego limosnero 
como Bartimeo. 

Todavía hay otras diferencias. Las sanaciones realizadas por Jesús no se resumían al 
plano físico. Es más, a veces ni siquiera parecía ser el motivo principal. Su intención 
era la sanidad interior, tal como lo vemos en los casos de Zaqueo o Nicodemo. Es cu- 
rioso notar que, en este sentido, Jesús incluso fue en contramano a la cultura de la 
época. Según el escritor griego Teognis, "si un hombre [o un médico] recibiera de los 
dioses el poder de operar curaciones, debería intentar sacar provecho de eso y, para 
preservar su imagen, jamás deberían intentar recuperar a un hombre inmoral, pues no 
se puede reformar un villano". No necesitamos ir muy lejos en los relatos de los Evan- 
gelios para darnos cuenta de que Jesús no siguió esta recomendación. 

Alguien podría objetar que el pueblo de aquella época, sin la tecnología y los conoci- 
mientos actuales, habría sido más ingenuo, y creería en supuestos milagros que no 
serían exactamente eso. Si eso hubiera ocurrido en la actualidad, según este razona- 
miento, difícilmente tendríamos una multitud creyendo realmente que un hombre con 
disturbios emocionales estuviera "poseído", según el entendimiento de Cristo y sus 
discípulos. 

Debemos, antes que nada, recordar que la alienación de las masas no es sólo cosa 
del pasado. Aún hoy, con tanta tecnología e investigaciones formales, aún hay una 
enorme cantidad de personas dispuestas a encender una vela en una encrucijada cre- 
yendo que ese extraño acto les abrirá los caminos y los librará del mal. Como pode- 
mos ver, el engaño permanece. 

Además de esto, en aquél tiempo, también había intelectuales que no aceptaban todo 
de manera sencilla. Si los milagros de Cristo llevaran a una creencia inmediata, ¿por 
qué hubo tantos opositores y también incrédulos? Notemos que, aún dentro del círculo 
de los apóstoles, Tomás mismo demostró una actitud de incredulidad: ¡él no quiso cre- 
er en la resurrección hasta no verlo con sus propios ojos! Lo más curioso es que los 
milagros de Cristo no fueron negados por sus enemigos. Ninguno jamás probó que Él 



fuera un embustero. Su cuestionamiento era: "¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién 
te dio esa autoridad?" (IVIateo 21 :23), lo que demuestra asombro incluso entre los más 
feroces oponentes al Hijo de Dios. 

El motivo de sus milagros 

De las palabras utilizadas en el Nuevo Testamento para referirse a los milagros, las 
más comunes son aquellas que denotan el uso de poderes extraordinarios. Estos 
mismos vocablos son utilizados por los autores paganos para referirse a cierta clase 
de "curanderismo" que existía entre ellos. Pero, en el Nuevo Testamento, y especial- 
mente en el Evangelio de Juan, se utiliza una palabra adicional que distingue a los mi- 
lagros de Jesús de las hazañas de los demás curanderos y magos de su tiempo, 
además de aportar una imagen viviente de la motivación que había tras esos actos de 
sanación. La palabra a la que nos referimos es sémeion, que quiere decir "señal". Los 
milagros eran una señal distintiva de que había llegado el Rey mesiánico para vivir en 
el pueblo de Israel. 

Notemos que Jesús nunca usó las señales para llevar a una persona a creer. Las se- 
ñales eran para los que ya creían. Es por eso que Jesús, al responderle a los discípu- 
los de Juan, hace referencia a sus obras y les pide a ellos que le contaran a Juan lo 
que habían visto (Mateo 11:4, 5). ¡Los milagros eran la señal de los tiempos, la señal 
de que los días mesiánicos habían llegado! 

La vida y el ministerio de Jesucristo fueron una pequeña demostración de lo que será 
el reino final inaugurado después de su venida para restaurar todas las cosas. Por eso, 
muchos de sus milagros/señales sirven como recordatorio de lo que ocurrirá en el fin. 
Dios expulsará definitivamente a nuestro enemigo, y los muertos resucitarán. Los que 
hicieron lo bueno, resucitarán para vida eterna, y los que hicieron lo malo, para perdi- 
ción eterna. 



Dr. Rodrigo P. Silva 

Profesor de Teología 

Seminario Adventista Latinoamericano de Teología 

Univ. Adventista de San Pablo - Campus II 






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